La guerra obliga a las bodegas ucranianas a asegurar electricidad en plena vendimia
Château Chizay busca fuentes alternativas tras meses de ataques rusos a infraestructuras energéticas
martes 22 de septiembre de 2026

La guerra ha añadido otra presión a la vendimia ucraniana. En el oeste del país, cerca de la frontera con Hungría, la bodega Château Chizay combina estos días dos tareas urgentes: recoger la uva y reforzar su suministro eléctrico antes del invierno, tras meses de ataques rusos contra infraestructuras energéticas que ya provocaron largos cortes de luz y temperaturas muy bajas en la pasada estación fría.
A finales de agosto, Guennadiï Vatchylia recorría las hileras de viña en ladera para comprobar el punto de maduración de la uva antes del inicio de la cosecha. En una bodega, ese momento no afecta solo al trabajo en el campo. También condiciona la actividad en las naves y en los sótanos, donde el vino envejece en centenares de barricas de roble y en grandes depósitos de acero que necesitan refrigeración continua para mantener la temperatura.
El director de Château Chizay, Dmytro Choloudko, explica que la empresa confía en pasar el próximo invierno con ayuda de fuentes alternativas de electricidad. Por ese motivo, la instalación de paneles solares se ha convertido en una prioridad paralela a la vendimia. En una explotación vinícola, un apagón prolongado puede alterar procesos básicos de conservación y elaboración.
La finca produce unas 1,3 millones de botellas al año. Sus variedades más habituales son sauvignon, muscat y riesling, aunque su referencia propia es el furmint, una uva blanca muy conocida en Hungría. La zona de Transcarpatia ha estado ligada históricamente a los vinos blancos, pero Vatchylia afirma que el alza de las temperaturas ha abierto más opciones para los tintos.
Ese cambio climático también está alterando el calendario del campo. El responsable de viticultura asegura que la vendimia se adelanta entre dos y tres días cada año. A esa modificación del ciclo natural se suma la falta de mano de obra. Con cientos de miles de hombres enviados al frente, muchas explotaciones tienen problemas para reunir cuadrillas suficientes en uno de los momentos más intensos de la campaña.
Château Chizay necesita alrededor de 110 temporeros para cortar a mano los racimos en sus 270 hectáreas de viñedo, repartidas por colinas onduladas. Choloudko admite que acaban de empezar la temporada y que necesitan brazos, pero que es difícil encontrarlos. La guerra ha golpeado al sector también de forma directa: viticultores muertos en el frente o bajo bombardeos, viñas arrasadas y otras que han quedado en territorios ocupados por el ejército ruso.
Los daños no se limitan al viñedo. El comerciante de vino Okwine calcula en 13,5 millones de dólares, más de 11,6 millones de euros, las pérdidas causadas por un ataque ruso que dañó uno de sus almacenes en Kiev. El impacto sobre la cadena del vino alcanza así al cultivo, la elaboración, el almacenamiento y la distribución.
Fuera del país, Ucrania sigue lejos de la imagen de gran productor vinícola. Datos citados por medios ucranianos sitúan sus exportaciones de vino en 11 millones de dólares al año, unos 9,4 millones de euros, con Rumanía como principal destino, mientras que las importaciones rondan los 200 millones de dólares, cerca de 172 millones de euros. La diferencia entre ambas cifras refleja el escaso peso exterior del vino ucraniano y, al mismo tiempo, la dependencia del mercado interno de referencias llegadas de fuera.
En Kiev, algunos empresarios intentan cambiar esa percepción. Serguiï Klimov, propietario de un bar de vinos, ha optado por servir solo producción ucraniana. Sostiene que el país tiene una tradición antigua en la elaboración de vino y una gran diversidad de suelos y climas, con tintos más estructurados en el sur y blancos frescos y minerales en el oeste. A su juicio, tras la etapa soviética, dominada por vinos industriales de nivel muy bajo, el viñedo ucraniano vive un fuerte impulso.
En Château Chizay comparten esa idea y buscan medir sus botellas con las de otros países para demostrar, en palabras de su enólogo jefe, Zoltan Udvarguely, que el vino ucraniano puede igualar o superar a algunas referencias extranjeras. En la propia finca, varias decenas de visitantes ucranianos participan en visitas guiadas y catas. Choloudko aprecia más interés por los productos del país, ya sea por patriotismo, por curiosidad o por una búsqueda de calidad.
La memoria de la invasión sigue muy presente en la bodega. El 24 de febrero de 2022 debía arrancar la producción de su primer vino espumoso. De varias decenas de trabajadores, solo diez acudieron ese día. Choloudko recuerda que, pese a todo, la empresa decidió seguir adelante y empezó a elaborar ese espumoso con ese pequeño grupo.