“A mí el vino en sí no me emociona”

El reconocido comunicador argentino Mariano Braga, con más de veinte años de trayectoria, analiza el cambio cultural frente al consumo de alcohol y la falta de adaptación de las estructuras empresariales tradicionales.

Mariana Gil Juncal

Martes 19 de Mayo de 2026

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Con más de veinte años en la industria, el argentino Mariano Braga es uno de los comunicadores de vino más reconocidos del mundo de habla hispana; tres veces seleccionado entre los mejores comunicadores del mundo por la International Wine and Spirit Competition (IWSC).

Fundador de la comunidad de Bebedores Seriales y creador de MeLoDijoBraga El Podcast, viene construyendo desde hace años un espacio donde el vino se cuenta sin pretensiones.

Hace algunos años elaboró su primer vino, Desde Los Polos, y ahora vuelve a la carga no sólo con un vino sino con una dupla de Sangioveses para que más que disfrutar de dos vinos, los bebedores se zambullan al Sangiovese en una experiencia compartida alrededor del vino.

Para vos el tiempo es clave en la apreciación y evolución del vino. ¿Cómo ves la evolución de los últimos 20 años del mundo del vino?

La evolución del mundo del vino en los últimos 20 años es tremenda. Yo empecé hace 21 años. Obviamente pocas industrias son tan camaleónicas y cambiantes como esta. Y no lo digo solamente a nivel tendencias. Yo me crié en una cultura del vino completamente distinta a lo que es hoy, a estilos de vino, niveles de alcohol, uso de madera, perfiles enológicos, regiones vitivinícolas... todo era diferente.

Incluso en Argentina. Cuando yo arranqué, el límite posible de la vitivinicultura era muchísimo más chico de lo que es hoy. No existían viñedos frente al mar, no existían viñedos tan al sur. Los viñedos de altura eran casi una rareza y había muy poco desarrollo comercial en ese sentido.

Creo que es una industria que cambia muchísimo y que va a seguir cambiando cada vez más. A veces no sabemos si hablamos de modas, tendencias, etapas o cambios radicales o puntos de inflexión sin vuelta atrás. Pero sí estoy convencido de que hay un cambio cultural profundo en relación al consumo que tiene que ver con la baja del consumo de alcohol y la búsqueda de una vida más sana. Estoy convencido de que eso no es una moda; es una tendencia extremadamente consolidada y que va a ir creciendo. Entonces, eso nos obliga a replantear muchas cosas dentro de la industria. Por eso, para mí, proyectos como estos Sangiovese tienen tanto foco en la experiencia. Creo que eso es lo que sobrevive a todo: la experiencia compartida alrededor del vino.

Entre tantos cambios innegables, ¿qué aspectos cambiaron de forma positiva?

Es innegable que la calidad del vino mejoró muchísimo. Hoy es realmente difícil encontrarte con vinos que técnicamente estén mal. Podemos abrir el debate sobre vinos naturales, acidez volátil o turbidez, pero dejando eso de lado, nunca antes, en todo el mundo, se hicieron vinos de la calidad que se hacen hoy.

Y para mí hay algo clave en eso: las nuevas generaciones de enólogos. Hay mucho más intercambio, mucha más apertura para compartir experiencias, contar qué funcionó y qué no. Eso no puede hacer otra cosa más que hacer que toda la industria suba el nivel.

Hoy los enólogos ya no están encerrados en su propia bodega. Viajan, prueban vinos del mundo, comparten conocimiento. Y eso tiene una relación directa con la calidad de los vinos que estamos tomando. Hay una circulación de conocimiento muchísimo más rica que antes.

¿Cuáles observás que no cambiaron tanto? ¿O que no cambiaron para bien?

Creo que lo que menos cambió fueron las grandes bodegas. Siguen teniendo estructuras muy gordas y muy burocráticas, no burocracia tanto en lo administrativo, sino a nivel comunicación y formación comercial.

Las bodegas más chicas entienden mucho mejor el juego actual, pero muchas grandes bodegas quedaron diez años atrás. Hay bodegas enormes donde todavía las redes sociales las maneja 'el sobrino de', sin una estrategia real ni conocimiento profesional. Y eso muestra una desconexión muy grande con el consumidor actual y en cómo funcionan hoy las cosas.

Todavía hay grandes bodegas que prefieren invertir en una página completa en una revista que no lee nadie, en lugar de invertir eso en generar comunidad, hacer acciones uno a uno e incluso publicidad en redes sociales. Lo que más tristeza me da tiene que ver con eso, con las estructuras empresariales de la mayor parte de las grandes bodegas que no entendieron cómo cambió el juego. Y es una ola que, si no la surfeás, te pasa por arriba. Y creo que hoy estamos viendo justamente eso: muchas grandes bodegas a las que la ola les está pasando por arriba.

¿Cómo ves a la Argentina vitivinícola desde el otro lado del océano?

La veo muy bien y sigo muy conectado con el vino argentino. No sólo porque acá en España se consume bastante vino argentino, sino también porque viajo mucho también. Creo que el vino argentino tiene bien ganada su posición de admiración internacional, especialmente por el trabajo de los enólogos. Hay un nivel de flexibilidad, la capacidad de investigación, el desarrollo y la búsqueda constante de ir un paso más allá que hace que sea muy admirado.

En España, que es un país súper consumidor y con una tradición enorme, hay mucha admiración por los productores argentinos. Y creo que pasa algo parecido con países como Australia o Nueva Zelanda; hay muchos modelos de estudio y casos de éxito.

Además, me entusiasma mucho ver a las nuevas generaciones de enólogos argentinos haciendo cosas muy interesantes, gente que quizás vi haciendo sus primeros pasos. Y hay algo hermoso en eso: los enólogos que hoy marcan la agenda se juntan, comparten, prueban vinos, debaten... Creo que es lo que más ha cambiado en Argentina y a nivel mundial, pero en Argentina se ve mucho.  Eso es tan enriquecedor que termina siendo beneficioso para la industria y, también para los que lo vemos desde afuera, que no estamos en la producción, también es muy admirable.

Al vivir en España ¿qué terruños has descubierto que te hayan emocionado?

Siempre relativizo esto y hago una aclaración: a mí el vino en sí no me emociona. A mí me dan ganas de tomar vino, no de llorar con un vino... Soy un poco bestia para esto, pero no es una palabra que me mueva. Las emociones me las generan las experiencias, las personas, el contexto compartido. Ahí está, para mí, la verdadera diferencia.

Pero sí es cierto que España es un país maravilloso desde lo vitivinícola. Levantás una piedra y aparece un viñedo lleno de historia y tradición. Por vivir en Marbella, tengo muy cerca Jerez y Sanlúcar de Barrameda, y son lugares que me vuelven loco. Me fascina Andalucía, su cultura, su gente y todo lo que rodea al vino ahí.

Y después hay otra zona que me encanta: la Axarquía, dentro de Málaga. Es una región no tan conocida, con muchísima tradición en vinos dulces, pero donde hoy están haciendo cosas increíbles. Son estos famosos 'viñedos heroicos', en lugares súper empinados, donde muchas veces tenés que cosechar con mulas, mirando el Mediterráneo a la distancia... Me parece algo espectacular. Diría que Jerez y la Axarquía son las dos zonas que más me gustan de España.

¿Qué costumbre mediterránea adoptaste al mudarte a Europa?

Adopté muchísimas costumbres, sobre todo gastronómicas. Lo único que no adopté es el idioma; más allá de decir 'piscina' en vez de 'pileta' para que me terminen de entender... Pero culturalmente incorporé un montón de cosas.

Desde almorzar a las tres de la tarde hasta tener pata de jamón para las fiestas, las 12 uvas, todos esos rituales maravillosos. También toda la cultura del tapeo, del chiringuito, de la cerveza al mediodía... todos esos vicios los adopté al cien por ciento.

La verdad es que vivo en un lugar que para mí es un paraíso. Siempre que volvemos de viaje con Flor decimos lo mismo: 'Vivimos en el mejor lugar del mundo'. Y eso que pasé 35 años viviendo del otro lado del océano. Pero la verdad es que es muy fácil acostumbrarse a esta vida. A nivel gastronómico y cultural adopté muchísimas costumbres mediterráneas.

¿Cómo nació tu obsesión por el Sangiovese?

Creo que tiene mucho que ver con algunos de los primeros viajes que hice. Cuando estuvimos de luna de miel con Flor, hace ya unos 20 años, uno de los lugares que visitamos fue Montalcino. Era otra época: no había redes sociales, no había prácticamente información. Me acuerdo que llegamos en colectivo de madrugada, cruzando los dedos porque alguien nos había dicho que por ahí pasaba uno, no habíamos alquilado coche... Éramos súper jóvenes y estuvimos un par de días ahí.

El lugar es tan espectacular, y la Toscana tiene una magia tan especial, que es imposible no enamorarse del vino. A partir de ahí quedó ese vínculo. En Argentina, además, durante mucho tiempo era muy difícil conseguir Sangiovese varietal. Había plantas, sí, pero prácticamente no existían los Sangiovese 100%. Si querías probar uno, tenías que irte a un Chianti, un Brunello, un Rosso di Montalcino.

Y como muchas veces pasa con los sommeliers, también había algo de fascinación por la rareza. De ahí vino ese amor, que después se fue cultivando con más viajes y más experiencias. Honestamente, la Toscana es un lugar que me fascina y los Sangiovese me parecen vinos intrigantes, fuera de lo usual, sorprendentes... Son vinos que o los amás o los odiás. A mí me toca amarlos.

Como amante del Sangiovese, ¿cómo definirías la identidad de los Sangiovese de Seriales Singulares?

La identidad de estos Sangiovese está muy ligada a lo que hicieron Gere y Andre, que son las manos detrás del vino. Porque obviamente yo, como sommelier, tengo muy claro qué vinos me gustan, qué disfruto y qué quería transmitir con estos Seriales Singulares. Pero las personas que tienen la capacidad de transformar esa uva en vino y lograr el resultado final son ellos, Michelini i Mufatto.

Esto fue algo que conversamos muchísimo: el estilo que yo buscaba para el vino. Y si bien hay un anclaje inevitable con Italia —porque es una variedad que no se puede pensar sin ese vínculo—, también hay una identidad muy marcada de Tupungato.

La frescura y la acidez son características muy propias del Sangiovese, pero además estamos hablando de viñedos en zona alta, en La Carrera, en Finca La Cautiva y Finca Zingaretti, con parrales de más de 50 años. Hay muchísimas cosas que aparecen claramente en el vino y que forman parte de su identidad.

Entonces, cuando los probás a ciegas, alguien con un paladar más entrenado probablemente identifique enseguida el Sangiovese porque hay un vínculo directo con la variedad. Pero también es innegable la impronta de Tupungato. Incluso, en algunos aspectos aromáticos más que en boca, a mí me lleva directamente a Tupungato.

¿Cómo surgió la idea de elaborar no sólo uno sino dos Sangiovese?

Tenía también un poco que ver con esto que yo defiendo del mundo del vino. Para mí, el vino termina siendo siempre una experiencia y una excusa para el vínculo, para juntarte con otros. A mí me gusta el vino, pero creo que me gusta por todo lo que involucra: la mesa, la conversación, la charla, el entorno.

Presentar los dos vinos juntos daba justamente eso. Casi obligarte, de alguna forma, a que no los puedas abrir en soledad, sino juntos, para hacer esa comparación. Y también porque muchas veces, para el consumidor de a pie, el bebedor serial habitual, eso no sucede. Prueba un vino y es muy difícil hacer la comparación. En cambio, cuando sos sommelier, tenés cinco copas adelante y vas y venís entre una y otra, comparando color, aromas, estructura, textura... y ahí hay un juego muy rico que, en general, al consumidor común no le llega.

Entonces, para mí también era una invitación a eso: fijate cómo al vino lo podés poner en su contexto y, por otro lado, como son dos botellas, inevitablemente aparece la idea de compartirlas con alguien más, de generar conversación y debate en la mesa. Ahí me parece que está el enganche más lindo de todos.

Antes de terminar, ¿qué recomendación harías para que consumidores más clásicos se animen a descubrir el Sangiovese?

Este es un gran punto. Primero, creo que hay que entender que el Sangiovese no es un vino para todo el mundo. Si alguien espera un vino más goloso como puede ser un Cabernet, un Malbec o un Syrah, probablemente no conecte con Seriales Singulares; que no lo compre y que quede claro eso.

Es un vino particular, lleno de sutilezas, que tira mucho más al estilo de una Garnacha o un Pinot Noir en cuanto a la complejidad que tiene. Además, son vinos que envejecen increíblemente bien. Nosotros los estamos lanzando con seis años de guarda, pero perfectamente podrían evolucionar diez o quince años más. Son vinos de una acidez muy penetrante y muy particulares.

Yo no le recomendaría a alguien que sea muy clásico que vaya a comprar ese vino.  Honestamente no es ese el camino. Si alguien ama los vinos clásicos, me parece genial que siga disfrutándolos, que siga por ahí, porque este vino va por otro camino.

Ahora, si le gusta explorar perfiles más retorcidos, posiblemente pueda probar uno de los mejores vinos que haya probado en su vida... Es un gran vino y puede encontrarse con algo muy especial. Honestamente, estoy muy orgulloso del resultado. Hace poco lo probamos nuevamente en la finca donde nació, junto a Gere y Andre, y para todos los que formamos parte del proyecto —para Ale y para Carlos, mis socios— fue muy emocionante ver hasta dónde llegó después de tantos años de trabajo. Y adonde va a llegar, porque estoy convencido de que es un vino que va a ganar muchísimo con el paso del tiempo. Y si conectás con este estilo, probablemente vas a probar un exponente de Sangiovese que te haga temblar las piernas.

Mariana Gil Juncal
Licenciada en comunicación social, periodista y sumiller.
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